Había una vez un chico inocente, tan inocente que era feliz, feliz con su vida y con todo aquello que le rodeaba. Hasta que un día le arrebataron aquello que más amaba, a su primer apellido, a su familia, a su padre.
Levantarse cada mañana y sonreír como solía hacerlo se convirtió en una lucha constante, pero lo consiguió, aprendió a fingir delante de todos. Su sonrisa era una trinchera tras la que camuflarse, supo controlar su sentimientos hasta que llegaba a casa y se encerraba en su habitación. Era un adolescente cuya única obligación era estudiar, pero él no lo sentía así, necesitaba llorar por la pérdida y culpar al mundo de lo ocurrido; nunca le resultó suficiente, hasta que comenzó a perderse.
Ya ni siquiera recordaba quién era ni quien alguna vez quiso ser.