Corría detrás de él,
mientras me fijaba en su espalda,
la octava maravilla del mundo.
Él se dio la vuelta,
me sonrió
y perdí el equilibrio.
Me caí,
por no mirar donde pisaba.
Cuando me levanté quise besarle
pero no estaba,
no estaba a su altura.
Él se dio la vuelta,
de nuevo,
y me levantó del suelo.
Esta vez, fue él quien quiso besarme.
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